Octubre 2026: Es temprano todavía para hacer un análisis del año, pero tampoco falta tanto para que termine. Y siento que gran parte de lo que tenía que aprender este 2026, ya se me reveló.
Estoy en un momento personal en el que no estoy 100% segura de compartir todo esto. Últimamente estoy aprendiendo a guardar mi energía y mi intimidad para la gente que elijo. Pero también, pienso que mi podcast nació, en gran parte, de todos esos pensamientos y emociones que circulan por mi cuerpo. Y que muchas de las cosas que compartí, de una forma u otra, ayudaron a alguien más a pensar distinto, a mirar de otra forma, o simplemente, a sentirse acompañado en algo que creía que le pasaba solamente a él.
Y creo que esto que les voy a compartir puede hacer justamente eso: hacernos sentir un poco más en red.
El otro día estaba leyendo mi diario.
Sí, me gusta leer lo que escribí tiempo atrás. Me gusta volver a esas páginas y ver qué me estaba pasando hace un año, qué cosas pensaba, qué me dolía, qué me hacía feliz, y qué estaba intentando entender. Me gusta ver qué aprendí y qué cosas, con el tiempo, pude mejorar.
Leyendo cosas del 2025 me encontré con un texto en el que contaba cómo se había sentido ese año para mí. Y era muy distinto a este. Había una palabra que aparecía una y otra vez:
Sismo.
Cada vez que escribía, ponía esa palabra. Sabía que significaba algo relacionado con el movimiento, pero no entendía del todo por qué la elegía.
Un sismo es el rompimiento repentino de las rocas en el interior de la Tierra. Una liberación de energía que se mueve en forma de ondas y provoca el movimiento de la tierra.
Y pensándolo ahora, no podría haber encontrado una palabra mejor.
2025 fue un año que tuvo de todo. Pero, sobre todo, tuvo situaciones que no me dejaron otra opción que moverme. Romper con pensamientos, creencias, rutinas, y con filosofías que llevaba conmigo hacía muchísimo tiempo.
Fue, literalmente, un sismo. Dejar que algunas cosas se rompieran dentro mío. Dejar que se movieran. Que hicieran ruido. Que liberaran energía. Y, después, permitir que esa energía encontrara otra forma. Fue como caminar en patas por todo lo que veía y sentía.
Mirar la vida con una sensibilidad distinta. Ver cómo algunas cosas se caían y, al mismo tiempo, entender que quizás se estaban cayendo porque ya no podían sostenerme. La vida me estaba mostrando la verdad acerca de las cosas. De las personas. Y, sobre todo, mi propia verdad.
El problema era que, en ese momento, todo eso me hacía sentir perdida.
Creo que para romper con ciertas cosas una tiene que atravesarlas de lleno. No hay demasiados atajos. La vida te hace repetir determinadas situaciones las veces que sea necesario hasta que finalmente entendés qué tenés que cambiar, qué tenés que dejar ir o qué tenés que hacer con eso que te esta pasando.
Y yo me sentía perdida porque estaba acostumbrada a moverme de una determinada manera. Una manera que, claramente, no me iba a llevar a esa vida valiosa a la que hoy aspiro.
Me daba cuenta de que todo se estaba moviendo y, cuando todo se mueve, es muy fácil sentir que nada te sale. La voluntad, el coraje y el perdón fueron personajes bastante claros en mi 2025. También aprender a pedir ayuda. Antes no hubiera imaginado cuánto podría cambiar mi presente empezar terapia. Y esa fue quizás, una de las consecuencias más lindas de todo lo que estaba atravesando.
Hoy miro mi 2025 y no sé si estoy 100% orgullosa de algunas de las decisiones que tomé. Pero sí estoy agradecida. Porque sé que, incluso con todas sus contradicciones, fueron parte del camino que me trajo hasta acá.
A saber lo que quiero.
Lo que me hace bien.
Lo que no quiero volver a negociar.
Y lo que, creo, merecer.
Los últimos días de ese año escribí algo que todavía recuerdo. Dije que, aunque mi resumen del 2025 pareciera deprimente, en realidad no lo era. Porque yo sabía que todas esas situaciones que me habían incomodado tanto eran, de alguna manera, las que me estaban obligando a moverme. A tomar realmente las riendas de las cosas que quería para mi vida.
Y así arranqué el 2026. Con todo eso aprendido. Con nuevas formas. Con una nueva piel, por decirlo de alguna manera.
Y sabía que este año esas nuevas formas iban a ponerse a prueba. Ya no iban a estar solamente en las páginas de mi diario. Iban a tener que materializarse. Iban a tener que aparecer en mis decisiones, en mis vínculos, en mis límites, en mis reacciones. La vida iba a ver si realmente las estaba integrando.
Y lo curioso es que este año me pasaron cosas mucho más fuertes que el año pasado. Mucho más. Y, sin embargo, por dentro me sentía mucho más segura. Más orientada.
Es raro, porque cuando las situaciones son más duras que las anteriores, una espera sentirse peor. Espera sentirse más pateada por la vida. Pero no me sentía así.
Obviamente tuve —y tengo— momentos de tristeza, de enojo, de frustración por cómo suceden algunas cosas. Pero siento que ahora tengo otra fuerza para atravesarlas.
Sin embargo, hace aproximadamente dos meses, empecé a sentirme realmente perdida. Aunque no sé si esa es la palabra correcta. Porque mi interior tenía bastante claro lo que quería. El problema era encontrar la forma de llegar.
Hace dos meses escribí que me sentía a la deriva.
Y ahí apareció otra metáfora.
Me sentía en un bote, sola, en el medio del mar. No veía ningún horizonte alrededor. Y no tenía remos.
Me quedé ahí unos días. Un tiempo. Sintiendo eso.
Me imaginaba el ruido del agua contra el bote. Ese sonido repetitivo, casi hipnótico. Y, aunque me desesperaba no saber hacia dónde ir, ese ruido me daba calma.
Hasta que pensé: No tengo remos, pero tengo mis brazos.
Y quizás ahí estaba la respuesta. Las herramientas para salir de determinados lugares están ahí. A veces solamente hay que querer usarlas. Es muy fácil quedarse en la queja, en el modo de víctima, en lo negativo. Pero hay que hacerse cargo.
Y saber que mis brazos iban a ser esos remos era, de alguna forma, mucho más congruente con todo lo que venía aprendiendo y sobre todo, sintiendo. Si no me hacía cargo, nadie iba a hacerlo por mí.
Quizás más adelante el remo caía del cielo como premio.
Quizás aparecía un bote mejor.
Quizás una isla se asomaba antes de lo que imaginaba.
Pero, mientras tanto, tenía mis brazos. Y empecé a remar.
Las cosas, de a poco, se acomodan. Llegan. Solo hay que aprender a ir con el tiempo de la vida. Ese tiempo que para nosotros —o por lo menos para mí— a veces es muy difícil de entender. Porque quiero anticiparme, asegurarme, quiero mirar cinco pasos más adelante para saber que es lo que se viene. Yo quería ver más allá de lo que mis ojos y mi cabeza podían ver. Quería ganarle al tiempo. Prepararme para cualquier ola, cualquier temporal que pudiera volver a sacarme de ese bote.
Pero el tiempo de la vida es mucho más sabio que cualquiera de nosotros.
Y lo único que podía hacer además de remar, era calmarme con el ruido del agua, disfrutar de esa vista, prestar atención a lo que me rodeaba, a lo simple, a lo que si tenía. Y con eso, avanzar.
Me daba miedo.
No.
Me daba terror.
Terror agarrar lo que tenía y avanzar sin saber qué iba a encontrar. Porque también sabía que existía la posibilidad de no encontrar nada. Pero por lo menos lo había intentado.
Mientras escribía todo esto sonaba una canción que decía: Don’t overthink it, just get into it.
Y pensé que quizás de eso se trataba. Dejar de intentar ver la isla antes de llegar. Y para “Pensando de Mas” eso es MUY difícil. Se sentía – y se siente – como intentar ser Buda, la gran parte del tiempo.
Entonces puse a prueba mi lado más espiritual, y lo convertí en mi mayor herramienta. No podía ver más allá de lo que veía, pero podía imaginarlo. Podía imaginar cómo quería que fuera, esa isla, ese destino, ese futuro.
Y quizás esa imagen era suficiente para remar un poco más fuerte. Después un poco más rápido. Y, con el tiempo, con un poco más de técnica.
Hoy siento que llegué a una isla. No sé cuánto tiempo me voy a quedar. No sé si esta es la isla definitiva. Si después voy a volver al bote, si voy a encontrar otra, o si quizás nunca se trató de llegar a una sola. Pero hoy estoy bien acá. Y por ahora, alcanza.
Or maybe going a little deeper y viéndolo desde otra perspectiva, quizás no se trata solo de llegar a una isla, sino de fortalecer ese bote. Mi bote. Porque es, en teoría, lo que me permite llegar a diferentes lugares. Donde paso más tiempo últimamente jaja, y dependiendo de cómo lo vaya fortaleciendo, puedo llegar mejor a determinados lugares. Y se asocia más a eso de disfrutar el proceso, más allá de la meta a la que llegues.
Lo más divertido de todo, es leer esto ahora y darme cuenta de que mi cabeza realmente creó toda esa metáfora para explicar cómo me sentía. Literalmente a mucha gente le respondí así cuando me preguntaban cómo estaba.
“Me siento en un bote, a la deriva en el medio del mar, y sin remos”. (!!!!) ( era con ese tono, con muchos signos de exclamación)
Dejar que la mente cree metáforas sobre cómo te sentís está bueno. Es divertido. Y te facilita la explicación. Recomiendo, jaja.
Este año también me mostró que la vida es hoy. Acá y ahora. Es mi lema diario. Y muchas veces cuesta muchísimo.
Este año tuve que fortalecer mi corazón y aprender a escucharlo.
Tuve que fortalecer mi cuerpo y aprender a escucharlo.
Tuve que observar más mi mente y, algunas veces, dejarla ser. No siempre. Algunas veces.
Este año estoy poniendo a prueba mi voluntad mucho más que otros años. Estoy experimentando otro tipo de paciencia. Una paciencia distinta, sobre todo con respecto a las cosas que quiero.
Porque cuando sabés lo que querés, por un lado parece más fácil conseguirlo. Y por otro, no. Porque una se vuelve más exquisita y la vida, más fina.
Con todo. Con los vínculos. Con el trabajo. Con los deseos. Con las formas. Con los límites.
Y tener más límites también significa estar dispuesta a que muchas veces te sientas sola. A que algunas cosas no salgan. A que algunas personas no se queden. A que algunos deseos tarden.
Y creo que ahí aparece una de las cosas más difíciles que estoy aprendiendo: tener claro hacia dónde querés ir no significa saber exactamente cómo vas a llegar, ni si vas a hacerlo rápido.
Pero hay algo muy particular que pasa cuando una decide ponerse la mochila al hombro, guardar adentro lo esencial y empezar a caminar. Lo de afuera quizás sigue bastante borroso. Quizás todavía no ves bien el camino. Quizás ni siquiera sabés si estás yendo por el lugar correcto. Pero, mágicamente, lo de adentro empieza a verse mucho más claro.